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- May 27, 2025
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Madrugar no es una opción, decía yo con convicción, mientras sonaba el despertador a las 05:45 a.m. en nuestro hotel de Carlton, Melbourne. Lo había planeado todo al milímetro: salida desde Southern Cross Station a las 7:00, picnic en el You Yangs Regional Park a las 12:30, y al menos dos puntos estratégicos para ver canguros en libertad antes de las 17:00. Estaba emocionada, lista para marcar otro check en mi Excel de “Experiencias Inolvidables” y, sinceramente, por compartir esta miniaventura con Pamela.
Ella, con su cámara en mano y ese vestido estampado que parecía diseñado para el Instagram, me decía: “¡Sí a todo!”, mientras se hacía un selfie con el café takeaway en la otra mano. Yo sonreía, medio divertida, medio en alerta. Algo me decía que este finde lo iba a recordar más por lo inesperado que por lo organizado.
Cuando el viaje está tan organizado que se olvida de ser un viaje
El minibús de la excursión salió puntual, cosa que, para mí, ya era una buena señal. Pagamos 149 AUD por persona (unos 90€) con una empresa local que ofrecía escapadas de fin de semana desde Melbourne. El itinerario prometía: fauna salvaje, paisajes naturales y “una inmersión en la Australia más auténtica”. Y claro, yo ya tenía preparado un documento PDF con cada parada geolocalizada, horarios, y hasta enlaces a los baños públicos del recorrido. Viajando que es gerundio, pensé orgullosa, aunque por dentro ya empezaba a notar el primer cosquilleo de incertidumbre.
La primera parada fue el Serendip Sanctuary, a solo 60 km de Melbourne. Un lugar de conservación maravilloso, sí, pero la experiencia me resultó… vacía. Nos guiaron como si fuésemos parte de una coreografía: “Aquí pueden ver los emús. Aquí deberían encontrar canguros”. La fauna estaba allí, sí, pero yo sentía que el contacto era más con el guía que con la naturaleza. Las paradas fotográficas estaban limitadas a “cinco minutos exactos”, y a Pam la escuché decir por cuarta vez: “Espera, en esta foto salgo a contraluz”.
Para ella, lo importante era el momento, el clic de la cámara y el filtro adecuado. Para mí, que lo tenía todo planificado, empezaba a dolerme la rigidez del propio itinerario. Todo parecía diseñado para que no pensáramos por nosotros mismos. Había cero espacio para improvisar. Y si algo sale mal en un plan tan cerrado… bueno, ya sé cómo reacciono: me excuso para ir al baño y hago mis respiraciones profundas. Tres inhalaciones, retengo, exhalo. Mi ritual secreto desde que era adolescente.
A la hora del almuerzo llegamos al You Yangs Regional Park. El sitio es espectacular, con vistas de película y una energía salvaje que te sacude el alma. Pero no lo vivimos así. Nos bajaron del bus, nos dieron cajitas de comida —ensalada de couscous y wrap vegetariano, agua, fruta— y nos sentamos todos en un claro delimitado. “Picnic con naturaleza”, decía el folleto. Pero lo que yo sentí fue un picnic con prisas.
Una pausa fuera del planning
Vi a Pam alejarse un poco, cámara en mano, buscando su encuadre perfecto. La vi brillar. Y de pronto, me vi a mí misma preguntándome por qué necesitaba tenerlo todo tan bajo control. ¿Para qué tanto Excel si no podía respirar tranquila ni un segundo sin mirar el reloj?
Lo peor fue la última parada: el esperado avistamiento de canguros salvajes en las zonas abiertas de Little River. Era un momento que llevaba soñando desde que vi mi primer documental sobre Australia. Pero entre la docena de turistas con móviles en alto, los niños gritando y el guía marcando la hora de vuelta como si fuésemos escolares, me invadió una tristeza muy concreta. Estábamos allí, sí. Pero no con ellos. Sólo frente a ellos.
Y entonces sucedió algo inesperado. Pam se acercó, me tocó el brazo y me dijo con dulzura:
—Oli, ¿estás bien? Estás muy callada…
—Estoy procesando —le contesté sin mirarla. Pero por dentro, era un terremoto.
Creía que lo inesperado me descolocaba… hasta que descubrí que también me hace sentir viva.
No todo cabe en un Excel
Regresamos a Melbourne viendo atardecer por la autopista Princes Freeway. El cielo ardía en tonos rosados que parecían salidos de un cuadro. Pam me pidió una foto juntas. Me puse rígida. Nunca salgo bien en fotos improvisadas, no sin planificar el ángulo, sin saber si ese mechón de pelo está donde debe. Pero dije sí.
—Pim, PAM, pum —dijo ella justo antes de hacer clic.
Ahí supe que algo había cambiado. Esta escapada no fue un desastre. Fue un espejo. Me mostró lo mucho que me pierdo cuando intento controlar cada instante. Me reveló que a veces, incluso en medio de la belleza más salvaje, una se puede sentir atrapada si todo está planificado al segundo.
Y, entre risas y fotos en contraluz, me di cuenta de que me estaba enamorando de alguien que vive el viaje de forma opuesta a la mía. De alguien que me recuerda que la vida no cabe en un Excel. Que hay belleza en lo espontáneo. Que lo más inolvidable no siempre está en el planning.
¿Merece la pena viajar a Australia en momentos álgidos? Claro que sí. Pero no con prisas. No con paquetes diseñados para turistas con piloto automático. Merece la pena si te detienes, si miras más allá del folleto, si permites que el país —y las personas con las que lo compartes— te sorprendan.
Porque al final, viajar no es solo ver canguros. Es ver lo que hay dentro de ti cuando los ves. Y si tienes suerte, quizá, hasta veas a alguien más con una claridad que te deje sin respiración.
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