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- July 18, 2025
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Cancún me recibió con un calor que no solo era climático, sino emocional. Ese tipo de calor que te dice: “prepárate para sudar... y no solo por el sol”.
Lo que prometía ser una escapada paradisíaca con mi inseparable compañero de viajes, Félix, terminó siendo una mezcla tan picante como los tacos de cochinita pibil que casi nos mandan al hospital (literal).
La idea era clara: playa, estética, descanso y muchas fotos para el álbum. Me había llevado media maleta de outfits, planeado rutas fotogénicas y reservado un hotel con infinity pool frente al Caribe en la Zona Hotelera (unos $170 USD la noche, porque la comodidad también es parte del viaje).
Pero Cancún tenía otros planes.
Tacos, caos y peleas con el sol
El primer aviso de caos llegó en La Parrilla, un restaurante clásico en la Av. Yaxchilán, donde íbamos a “cenar algo rápido”. Pero el mariachi decidió otra cosa. En segundos, estábamos rodeados de música, tequila, y Félix bailando con un sombrero prestado.
Yo solo quería sacar una buena foto sin que se viera el fondo lleno de gente. Spoiler: salía a contraluz.
Entre la salsa picante (de nivel satánico) y el calor húmedo, la Pamela estética estaba a punto de colapsar.
Y claro, llegó la frase:
— “Tú planificas demasiado.”
— “Y tú te dejas llevar por todo.”
Al día siguiente, seguimos su plan: ir al Parque de las Palapas, porque según él, “los mejores tamales del mundo están ahí”. ¿La realidad? Multitudes, niños corriendo, olor a fritanga, música en cada esquina. Yo, con mi look blanco-veraniego, derritiéndome en una banqueta con una quesadilla fría, mientras Félix charlaba feliz con el cocinero de un puesto callejero.
Y justo cuando creía que no podía más… se me acercó un perrito callejero.
Se acurrucó junto a mí, y sin pensar, le hice una foto.
Fue real. Fue bonita. Sin filtros. Sin perfección.
El punto de inflexión llegó en las ruinas de El Rey, donde la entrada costaba solo 65 pesos y no había ni un alma. Solo piedras, iguanas gigantes y silencio.
Ahí, sin maquillaje ni poses, me senté. Y por primera vez, no saqué el móvil. Solo respiré. Félix se sentó a mi lado sin decir nada. Era el momento más perfecto del viaje, y no necesitaba capturarlo.
Fue cuando la salsa me manchó el vestido blanco y el mariachi me sacó a bailar sin aviso, que entendí que había cruzado una frontera invisible: la de dejar de posar y empezar a vivir.
La última mañana subimos a las ruinas de El Rey, justo dentro de la Zona Hotelera. La entrada costaba solo 65 pesos, pero lo que encontramos ahí no tenía precio: silencio, sombra, y el eco de las iguanas moviéndose entre las piedras. No había turistas, ni música, ni salsas. Solo nosotros.
Félix iba delante, cámara en mano. Yo, más atrás, sentía un nudo raro en el pecho. No por el lugar, que era precioso, sino por todo lo que había ido arrastrando en el viaje: mi necesidad de controlar, de que todo saliera bien, de que cada foto reflejara algo “perfecto” que en realidad no estaba sintiendo.
Me senté en una roca. Miré mi móvil sin desbloquearlo. No quise hacer una foto. Ni una story. Ni siquiera un boomerang. Y fue ahí, justo en ese acto tan simple, que sentí algo soltar.
Volvimos caminando en silencio hasta la playa. Paramos en Playa Langosta, compramos una michelada y nos dejamos caer en la arena. El cielo estaba de un naranja que dolía de lo bonito. Y por primera vez, no me preocupó si combinaba con mi vestido.
Félix me miró y me sonrió sin decir nada. No hizo falta.
Entendí que no había estado enfadada con Cancún. Había estado enfadada conmigo por no saber disfrutarlo sin convertirlo en un escaparate. Había confundido lo memorable con lo publicable. Y en ese momento, con los pies llenos de sal, sentí que por fin me estaba reconciliando con mi viaje, y conmigo misma.
No hubo selfie. No hubo encuadre. Solo el mar, el atardecer y ese silencio donde todo tuvo sentido.
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