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- May 22, 2025
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Cuando acepté la escapada exprés a Marruecos con Félix, pensé: Pim, PAM, pum, ¡vámonos! Era un finde, sí, pero suficiente para una dosis de exotismo, fotos de ensueño y, claro, tiendecitas con encanto. Mi cabeza ya se imaginaba paseando con mi vestido vaporoso por las callejuelas de la medina de Marrakech, sorbiendo un té a la menta con vistas al atardecer y, por qué no, cazando la foto perfecta entre azulejos turquesa y luces doradas.
Spoiler: Marruecos es un país que no se deja domesticar. Te arrastra, te revuelca y luego te ofrece un couscous como disculpa.
Del filtro dorado al polvo en la cara (y la boda que no vi venir)
Aterrizamos un viernes por la mañana en Marrakech-Menara. Todo era bullicio y caos —como un zoco en hora punta, literalmente. Yo, con mis gafas de sol oversize y el look pensado hasta el último pendiente, ya tenía la cámara lista: Espera, en esta foto salgo a contraluz, le dije a Félix justo saliendo del aeropuerto. Él solo se rió y me dijo: “Relájate, Pam, la buena foto siempre llega cuando dejas de buscarla”. Spoiler dos: tenía razón, pero no lo sabría hasta dos días y una tormenta de arena más tarde.
Nuestro riad en la medina costaba unos 40 € la noche por persona, con desayuno incluido. Era un sueño: azulejos, patios internos y olor a jazmín. En Instagram, parecía un cuento de las mil y una noches. En la vida real… bueno, el agua caliente era intermitente y el wifi se iba más que mis ganas de madrugar, pero ¡sí a todo!, ¿no?
El primer golpe de realidad llegó esa misma tarde. Estábamos en Jemaa el-Fna, una plaza que vibra como un corazón latiendo al ritmo de los tambores. Lo que en las guías suena exótico, en persona me pareció un poco abrumador: motos que rozan tus tacones (¡literal!), monos encadenados para fotos, y encantadores de serpientes que no entienden el concepto de espacio personal. A Félix, por supuesto, le fascinó. “La comida es lo que une a las personas”, dijo mientras devoraba un bocadillo de kefta por 20 dirhams (1,80 €). Yo, entre el olor a cuero, incienso y cordero, no sabía si tenía hambre o náuseas.
El sábado decidimos explorar el desierto de Agafay con un tour que encontramos en Airbnb Experiences por 55 €. Paseo en camello, atardecer, cena con espectáculo… todo sonaba ideal. Pero el desierto decidió mostrar su carácter y nos regaló una tormenta de arena que me dejó con los labios como esponjas secas y el eyeliner en modo acuarela. ¡Viva lo salvaje!, pensé mientras protegía mi cámara con una bufanda de Félix.
Pero el giro inesperado de la historia —porque siempre hay uno— vino esa misma noche.
Marruecos es un choque de sentidos: aromas intensos, paisajes salvajes y emociones que se quedan para siempre.
Volviendo al campamento, medio desorientados por el viento y el polvo, acabamos siguiendo a un grupo que iba a una boda bereber. Pensamos que era parte del tour. Error. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en una haima gigante, rodeados de tambores, mujeres cantando y comida que Félix definió como “lo mejor que he probado en mi vida” al menos cuatro veces. Yo, en mis sandalias doradas, no entendía nada pero me dejé llevar. Porque eso hago. Porque eso somos, ¿no? Gente que se lanza, aunque no sepa nadar.
Y ahí estaba yo, bailando con una desconocida en un vestido bordado, llorando de la emoción con el brillo de las lámparas de aceite. Todo era mágico… hasta que el novio me pidió que me sentara con la familia. Félix no paraba de reír: “Pam, creo que acabas de colarte en una boda real”. No podía más que decir: ¡Sí a todo!, mientras intentaba no pensar en cómo justificarle esto a mi yo del futuro.
Lo que no cabía en la maleta
Y ahí, mientras él negociaba con un señor encantador y yo me sentaba en la escalinata del Jardin Majorelle (15 € la entrada), lo entendí. Marruecos no es un destino para ir con la maleta repleta de expectativas. No es “bonito” en el sentido Pinterest. Es sucio, vibrante, contradictorio y, sobre todo, auténtico. Te enseña quién eres cuando te quita el filtro.
Yo descubrí que no me gustan los viajes donde no puedo controlar el ritmo. Mi alma necesita calma, estética, un espejo limpio donde retocar el labial. Marruecos no es eso. Marruecos me sacó de mi centro, me hizo sentir vulnerable. Y lo peor (o lo mejor) es que me gustó… aunque me costó admitirlo.
El recuerdo que no cabe en una foto
Volví de Marruecos con arena en el pelo, una pulsera bereber en la muñeca y algo que no cabía en mi neceser ni en la galería del móvil: una sacudida interna.
No fue el viaje más cómodo, ni el más “instagrameable” en el sentido tradicional. Pero fue un viaje vivo, que me obligó a estar presente, a dejar el control en casa y a mirar con otros ojos. Descubrí que a veces las fotos más bonitas no salen perfectas, pero sí reales.
Y aunque sigo siendo la misma Pamela que viaja con tacones en la maleta, ahora también soy la que puede perderse entre calles polvorientas y dejarse invitar a un té por un desconocido. Marruecos me despeinó, me desconectó y me desbordó...
Y eso, sin duda, es justo lo que necesitaba.
Nuestros NomaGuías te resumen los destacados de esta experiencia viajera
3 lugares Instagrammeables
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Jardín Majorelle (Marrakech)
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Plaza Jemaa el-Fna (Marrakech)
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Desierto de Agafay
3 lugares para comer
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Puestos de comida en Jemaa el-Fna (Marrakech)
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Café des Épices (Marrakech)
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Le Tobsil (Marrakech)
3 lugares culturales
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Medina de Marrakech
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Museo Yves Saint Laurent (Marrakech)
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Palacio Bahía (Marrakech)
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