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- May 26, 2025
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Siempre he creído que el secreto de un gran viaje reside en la planificación. No importa si es un fin de semana o tres semanas: el itinerario, los horarios, las rutas marcadas en Google Maps y las reservas con dos meses de antelación son mi brújula. Para mí, viajar es sinónimo de control, de productividad y, sobre todo, de aprovechar el tiempo al máximo. Por eso, cuando decidí escaparme con Lena a Japón un fin de semana —sí, un viaje exprés al otro lado del mundo—, el destino parecía perfecto: puntualidad milimétrica, eficiencia japonesa y paisajes que se alineaban a la perfección con mi documento Excel de 7 pestañas.
Lo que no sabía era que ese país, que prometía sincronizarse con mi ritmo planificado, acabaría desmontándome pieza a pieza. Porque viajar a Japón para huir… no tenía sentido. Pero eso es justo lo que hice: huir. De la puntualidad, del control, de mí misma.
"Todo bajo control (¿o no?)"
Aterrizamos un viernes por la mañana en el aeropuerto de Narita, y como “madrugar no es una opción”, a las 6:00 am ya estábamos listas para el primer tren a Kawaguchiko, una pequeña localidad al pie del Monte Fuji. Lo tenía todo cronometrado: compré los billetes del Limited Express Fuji Excursion (4.130 yenes ida y vuelta desde Shinjuku, unos 25€), marqué en rosa las paradas del itinerario y reservé con antelación en el hostal K’s House Fuji View, una joya con vistas espectaculares por solo 7.000 yenes la noche (unos 42€).
Hasta ahí, todo iba según el guion. Pero fue justo al llegar a la estación de Kawaguchiko cuando algo empezó a resquebrajarse. Lena, con su mochila desordenada y su calma zen, me miró y soltó su clásico: “Voy fluyendo con la vida”. Mientras yo consultaba ansiosamente si nos daba tiempo a visitar el Chureito Pagoda antes del atardecer perfecto (según mi app de clima, la luz dorada duraría exactamente 23 minutos), ella simplemente contemplaba el lago sin decir nada.
El contraste fue tan brutal como inesperado.
Por supuesto, intenté seguir el planning al pie de la letra. Subimos los 398 escalones hasta el Chureito, sudando a mares, solo para encontrarnos con un grupo de turistas haciendo selfies y una cinta de seguridad: el mirador estaba cerrado por mantenimiento. No estaba en el planning. Y si no está en el planning, no existe.
Esa noche, cenamos en Houtou Fudou, donde probé los houtou noodles por 1.500 yenes (unos 9€). Un plato humeante, espeso, de verduras y miso, que te calienta el alma. Lena me hablaba de energías, de cómo el Fuji parecía una de esas montañas que protegen el equilibrio del mundo. Yo pensaba en si al día siguiente podríamos completar la ruta de senderismo de los cinco lagos, si había que reservar entrada para el onsen con vistas, y en qué momento exacto saldría el sol para captar la mejor foto.
Pero entonces pasó algo.
Lena me convenció —o más bien me arrastró con su ternura silenciosa— a levantarnos sin alarma al día siguiente. “Solo siente el lugar”, me dijo. Contra mi naturaleza, no planifiqué. No marqué rutas. No puse despertador. “¿Dormir? Eso puedo hacerlo en casa”, pensé. Pero dormí. Y desperté tarde, sin haber revisado las condiciones meteorológicas, sin tener billetes comprados. Un desastre.
Creí que lo tenía todo bajo control, hasta que Japón me enseñó a soltar.
Y sin embargo, ese fue el mejor día del viaje.
Caminamos desde el hostal hasta el lago Saiko, nos perdimos entre bosques de cipreses y descubrimos un pequeño santuario escondido que no aparecía en ningún blog turístico. Comimos unas bolas de arroz rellenas de setas silvestres hechas por una señora que no hablaba una palabra de inglés, pero nos entendía con los ojos. Vimos ciervos cruzar un claro. Meditamos. Yo, Olivia, la de los horarios, medité.
Y lo que más me desconcertó: no eché de menos el planning.
Lo que no estaba en el planning
A la vuelta, en el tren local de regreso a Tokio (1.400 yenes desde Kawaguchiko a Otsuki + 1.000 yenes hasta Shinjuku), reflexioné en silencio mientras Lena dormía a mi lado. La puntualidad japonesa no me falló. Los trenes fueron impecables, las calles limpias, los baños públicos impecables. Todo tan funcional como prometido.
Pero lo que me removió fue otra cosa. Japón me mostró su versión más salvaje y silenciosa. No la del cruce de Shibuya ni los karaokes, sino la de los caminos sin señalizar, los templos entre la niebla, los silencios que lo dicen todo. Y entendí que mi necesidad de tenerlo todo bajo control me estaba robando lo más valioso de los viajes: la posibilidad de que me sorprendan.
¿Merece la pena viajar a Japón? Sin duda. Pero no como una carrera de puntos por visitar, sino como un proceso lento, contemplativo. Japón no se deja conquistar por los checklists. Hay que vivirlo, no capturarlo.
Ahora, de vuelta a casa y con el itinerario intacto en mi carpeta de Google Drive (¡obvio que lo guardé!), puedo decir que este fin de semana me cambió. No voy a dejar de planificar —viajar sin mapa no es lo mío—, pero quizá, solo quizá, deje espacio en blanco en el planning.
Y si algo aprendí, es que “viajando que es gerundio” no significa ir deprisa, sino estar presente.
La Olivia que subió al Monte Fuji con todo milimetrado no es la misma que bajó. Y aunque me cueste admitirlo… a veces, lo mejor del viaje es aquello que no esperabas encontrar.
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